—¿Qué haces? ¡Bájate ahora mismo!
Román regaña a Chucky, el pastor de Brie que ha sido su mascota durante los últimos seis años. Chucky es un mimoso y quiere a todas horas jugar con su amo, y a veces se pone tan pesado que hasta hace cosas que tiene prohibidas, como ahora mismo: se ha subido a la cama en la que está sentado Román, con el objeto de deseo lúdico embutido en su boca perruna.
—¡Te he dicho que te bajes! ¡Largo!
Román está furioso. Le quita a Chucky el objeto de la boca y lo arroja lejos, más allá de la puerta abierta; el nuevo juguete de su perro se queda en mitad del distribuidor. Sin embargo, Chucky se lo toma como un juego y sale corriendo detrás, ladrando con alegría. Llega hasta su juguete y lo muerde con ganas; parece que le gusta mucho, porque no vuelve a llevárselo a Román: se queda en el distribuidor, lamiendo y mordiendo y babeando su nuevo medio de entretenimiento.
Mientras, Román se queda sentado en el borde de la cama, refunfuñando. Se humedece con saliva el pulgar derecho, y frota las manchas que la incursión de Chucky ha dejado sobre la colcha; pero como era de esperar, no salen. Esto enfada un poco más a Román, que no ha tenido muy buen día hoy, y le quedan aún muchas cosas por hacer. Y encima, ahora va el cabrón del perro y mancha la colcha, como si no tuviera bastante con limpiar el salón, que está hasta arriba de porquería. En fin, por una cosa más tampoco merece la pena cabrearse...
Román arranca con un suspiro la colcha y se la lleva, medio en brazos medio arrastrando, hasta la cocina. Intenta meterla en la lavadora, pero no cabe, así que busca una bolsa de basura para meterla provisionalmente dentro y, tal vez, llevarla a la tintorería; ya lo pensará. Se lleva las manos a las sienes, que le martillean periódicamente; todo está saliendo mal, muy mal. Ha sido mala idea traerse a Chucky a casa de Ernesto; ahora se da cuenta de que tendrá que limpiar toda la casa, no sólo el salón y la entrada. Y claro, hacerlo con el perro dentro es imposible.
Se dirige de nuevo al distribuidor. Allí sigue Chucky, entretenido. Román reprime una mueca, pero le quita a su perro el juguete de la boca, que ya ha dejado completamente mordido y babeado. Chucky se resiste y gruñe un poco, pero Román le regaña y acaba cediendo. Agarra a Chucky por el collar y le lleva hasta el patio, al que le obliga a salir. Chucky se queda al otro lado de la puerta, gimoteando.
Román se sienta en el sofá del salón; deja el juguete de Chucky sobre la mesita de café, se limpia inconscientemente la palma en el pantalón, y saca su móvil. Marca el número de su socio, y, cuando contestan al otro lado, suelta un lacónico:
—Ya está hecho.
Se queda un rato esperando mientras alguien le explica algo al otro lado. Después suspira y dice:
—No, yo solo no puedo en tan poco tiempo. Necesito que alguien venga a ayudarme a limpiar toda esta mierda, y encima tengo al puto perro en el patio.
Escucha, enfadado.
—¡Ya lo sé, joder! ¡Pero el gilipollas del veterinario no me hubiera dejado entrar sin el perro, y lo sabes! ¡Tú mismo dijiste que era un buen plan cuando lo pensamos!
Respira hondo, se calma, y dice:
—Mira, no quiero discutir. Ven hacia acá volando, necesito ayuda.
Cuelga el móvil.
Román se queda unos momentos en el sofá, pensando, intentando que los gemidos de Chucky no le perturben. Al final suspira y se dirige al dormitorio; seguro que Ernesto tiene otra colcha en el armario. Va a ser mejor idea quemar la sucia.
Tras hacer de nuevo la cama, se dirige al salón y coge distraídamente el juguete con el que Chucky estaba tan entretenido: un trozo de la mano izquierda de Ernesto. Está toda mordida y babeada, qué asco; la mete también en la bolsa de basura, junto con la colcha. Después se lo piensa y decide usar la colcha para envolver provisionalmente el resto del cuerpo del puto veterinario aprendiz de estafador.
Joder, qué mierda de día. Después de limpiar todo el piso, va a tener que tirar sus viejos guantes de cuero, que no se ha quitado desde que le puso a Chucky la correa en su propia casa, y probablemente también la ropa que lleva ahora. La camiseta y los vaqueros le dan igual, pero los guantes y las botas son cojonudos.
Y a ver cómo hace luego para sacar al perro del patio y que no deje pelos por la casa.
Qué mierda de día.
Esta obra (por llamarla de alguna manera) está bajo una licencia de Creative Commons.







Rosita Fraguel
7 sep 2006 | 08:32 AM
:)
spike_mandrake
7 sep 2006 | 11:25 AM
Je,je,je. ¡Ya echaba de menos tus finales con muerto! ;-)
ki
7 sep 2006 | 03:56 PM
Ya somos 2, spiki x'D
noisecell
7 sep 2006 | 04:08 PM
no se porqué me ha venido a la mente la escena en la que John Travolta y Samuel L. Jackson llaman al señor Lobo, pa que les ayude a "limpiar" el coche....jejeje. Me gustó la historia...y yo creo que el perro no estaba jugando tenía hambre...jejeje. Pero solo es una opinión 0:)
El tablón naranja
11 sep 2006 | 02:55 PM
.../em> me dio, sin saberlo ella, una idea para hacer una versión alternativa de mi última historia; pero ahora ya no va a poder ser, porque, como en los cuentos de Auster...